Leo una y otra vez el discurso que Steve Jobs hizo en la Universidad de Stanford en el 2005. Si no lo habéis visto aún, os lo recomiendo encarecidamente.
Desde que lo leí hace unos pocos días no me lo puedo quitar de la cabeza. Su discurso, emotivo y evocador, esconde palabras que son verdades como puños que te golpean en la cara para hacerte despertar. El dios de la tecnología desciende a la Tierra y nos descubre que también es humano, que hubo un tiempo en el que estuvo perdido, que dudó y que también fracasó. Como todos. Con una humildad impropia en aquellos que son capaces de levantar, no uno, sinó dos o tres imperios a lo largo de su vida, renaciendo otras tantas veces de sus cenizas, Jobs nos relata el cuento de su vida en tres actos: conectar los puntos, amor y pérdida, y muerte. Un resumen claro, sencillo y conciso de lo que él considera que fué construyendo su historia: las líneas maestras que se fueron marcando como pequeños surcos de carreta en un camino de tierra, que se fueron revelando poco a poco con cada decisión tomada, ya fuera suya o de otro.
Muchas veces me ha dado temor tomar ciertas decisiones, ya que somos el resultado y la consecuencia de éstas y pocas veces hay marcha atrás. Pero Jobs lo plantea todo de un modo distinto, desde una perspectiva positiva y llena de posibilidades. Para él, las decisiones son nuevas oportunidades, etapas que te permiten empezar de nuevo, que te liberan, son cambios necesarios, experiencias que consciente o inconscientemente se acabarán conectando entre ellas y nos llevarán a ser lo que seremos. Para llegar a ser lo que queremos, no obstante, añade dos factores: la intuición de descubrir aquello que amamos y el amor a lo que hacemos. Y un tercer factor que lo envuelve todo, una imagen: un reloj sin recambio de baterías, marcando nuestras horas con caducidad desconocida. No somos infinitos, nuestro tiempo es limitado.
Quizá, la consciencia de la propia muerte, cercana, segura e implacable, hubiera producido en otra persona un efecto de parálisis que le hubiera impedido seguir luchando por sus proyectos, concentrada como estaría en la visión aterradora del final. Para otros, digo, nada importaría ya, al sentir la vida que les quedaría como un tiempo prestado, impropio, un simple trámite antes de desvanecerse en las puertas de lo oscuro. Sin embargo, para Jobs, enfrentarse a la idea de su fin le sirvió para liberarse de los formalismos, de la vergüenza, de la pesadez del qué dirán, del miedo al fracaso...
Me pregunto si hace falta llegar a este punto tan extremo para poder decidir las cosas importantes con tanta claridad, despojados de todo aquello que es secundario. Me gustaría pensar que no. Me gustaría pensar que nunca he dejado de preguntarme lo que quería; que nunca he dejado de buscar lo que amo; que realmente nunca me he detenido.
Sus palabras repiquetean de nuevo en mi cabeza: "Seguid hambrientos. Seguid alocados.".
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